La Maleta

Caminando no.
Corriendo, más bien.

Así ando,
con una maleta colgada en la espalda
desde que tenía cinco años.

Sí, pesa.
Pero shhh...
no le digas a nadie.
Me enseñaron que un hombre no se queja.

Esa maleta me la dieron
mis padres,
mis abuelos,
los amigos del barrio.

La fuimos llenando
con frases, chistes, advertencias,
expectativas de pura hombría.

La cargo
como quien carga piedras.

Y aunque me rompe los hombros,
la cuido como si fuera mi alma.

La he visto también
en mi hermano,
en mis primos,
en mis amigos de rugby.

Pareciera normal
caminar doblados.

Pareciera ley
cargarla hasta la muerte,
o morir en el intento.

Por alguna razón
muchos hombres viejos terminan solos.

Por alguna razón
al padre no se le devuelve el cariño
con la misma ternura que a la madre.

Y por alguna razón
los viejos que sueltan la maleta
parecen respirar mejor.

Dentro de esta carga
viene el pacto de machos:

paso imponente,
voz gruesa,
frialdad premiada.

Rabia permitida,
ternura prohibida.

Sexo sin honestidad.
Promiscuidad sin afecto.

Heroísmo de salvador
en lugar de compañerismo.

Mandar
en vez de escuchar.

Y yo me pregunto:

¿por qué llevo esto
si nunca lo elegí?

Son encargos heredados.
Ladrillos antiguos.
Órdenes oxidadas.

He querido danzar
como bailan las infancias.

Pero esta maleta
me atornilla,
me frena,
me encarcela.

¿Y si la suelto?

¿Y si camino liviano?

¿Qué se sentiría llorar
sin miedo al juicio?

¿Qué se sentiría callar un rato,
meditar,
sin creer que producir dinero
es la única forma válida de hombria?

¿Qué se sentiría cuidar de mi madre,
de mi compañera,
de mí mismo,
sin obsesión por dejar apellido?

¿Qué se sentiría reír con mujeres,
aprender de sus remedios para la tos,
de su intuición,
de su sabiduría para sostener la vida?

Imagino entrar a la cocina
no como invitado,
no como señor,

sino como creador de sabores,
servidor del hambre ajena,
manos de alimento
después del cansancio.

Si tomara la valentía de mis amigas,
si siguiera sus pasos de fieras,

dejaría esta maleta
tirada en la calle.

Caminaría libre.

Danzaría frente al espejo
con libertad como Tatiana,
con suavidad como Chatkaew,
con regocijo como Camilita,
con tenacidad como Anahit,
con diplomacia como Lourdes,
con intención como Erika,
con locura como Leidy
sin verguenza, como Sofy,

Cantaría salsa en voz alta como Chris.
Y me reiría con la vecina, como Esperanza.

Seguiría siendo lo que soy, pero más feliz.

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