Qué fácil admirar la diversidad como un objeto de museo, pero que difícil reconocer a las comunidades étnicas como ciudadanías. Qué fácil coleccionar fotos de viajes a territorios profundos, coloridos, ritualizados, llenos de arte manual, de tejido. Suena exótico degustar gastronomía pre-coloniales, sonreir ante las infancias que visten de tradición. Pero que reto se hace para muchas personas compartir el diálogo político con las comunidades. Al final del viaje, se evidencia que la admiración a la diversidad puede ser una silenciosa trampa que no siempre garantiza el reconocimiento de la ciudadanía, de una ciudadanía política con voz y voto en lo público, con derecho a la toma de decisiones que también afecten tu ida y vuelta, tu acceso al alimento, tu transporte público. Y entonces sale a la luz la falsedad, el clasismo, el racismo, la incapacidad de sentarse y escucharles, y mucho más la incapacidad de elegirles en democracia. Cuánto nos falta por aprender? Concienci...
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